Cristina Rivera Garza, al encuentro con Rulfo

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Cada quien tiene su Rulfo privado. Quien lo lee, lo escribe de nuevo. “Leer es crear, es producir otra realidad a partir de los libros,” asegura Cristina Rivera Garza con esa claridad que la caracteriza, ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz 2001. Estamos en un camerino en Canal 22, a punto de salir al aire para una entrevista en el noticiero del canal. Y aunque su hablar rápido parecería nerviosismo, es reflejo de cómo sus ideas afloran a borbotones. Porque cuando un tema la emociona no puede detenerse. Y Juan Rulfo, autor cuyo centenario se celebra este 2017, es su obsesión desde hace años, y tan es así que su libro más reciente gira en torno a él.

Cristina Rivera Garza no se contenta con un solo género o una estructura lineal. Esta manera de narrar se ha vuelto característica de su obra. Quien lee un libro suyo sabe lo que le espera: una lectura compleja de varios niveles. Por eso Había mucha neblina o humo o no sé qué (Literatura Random House, 2016) se encuentra entre el ensayo, la biografía y la ficción. “Es un libro hecho siguiendo un principio de yuxtaposición. Y para que eso funcione tienes que tener materiales buenos, de primera mano, como en este caso, de archivo”, explica la autora, quien juega con los personajes y conflictos descritos por Rulfo en sus obras para recrearlos en narraciones propias.

“He estado trabajando con Rulfo por mucho tiempo y reescribir algunas cosas suyas ha sido un particular vicio y placer privado mío. He tomado algunas frases y algunas escenas para desarrollar cuentos, como sus unidades propias, especialmente las que tienen que ver con el cuerpo, la carne, la presencia muy tangible de personajes y personas”, dice en entrevista para Gatopardo.

Si bien es un texto escrito desde el asombro, también lo es desde la más aguda crítica, que deja al descubierto las enormes contradicciones de un intelectual que dejó como legado atmósferas mágicas en un campo empobrecido, algunos años antes de que el realismo mágico de Gabriel García Márquez impusiera su sello en Latinoamérica. Que se maravillaba por las comunidades indígenas, su cultura y sus tradiciones, pero que al mismo tiempo trabajó para el gobierno alemanista que en aras de la modernización provocó desplazamientos de pueblos completos. “Para mí este dilema moral, ético y estético es un dilema del país entero”, agrega Cristina Rivera Garza.

Como empleado del gobierno, Rulfo trabajó en el proyecto de la cuenca del Papaloapan en 1962. En el archivo de la CONAGUA, la autora encontró las fotografías que Rulfo tomó de la zona habitada por comunidades indígenas de la sierra norte de Oaxaca, junto con comentarios que aportó a sus informes que servirían para justificar la construcción de la presa en tierras que eran vividas y trabajadas.

“Vemos a Rulfo participar en este proceso para abrir espacio, para construir estas presas gigantescas”, dice la autora. “Y esa complejidad resulta tan palpitante como en sus obras Pedro Páramo o El llano en llamas. Es el querer un país distinto y estar consciente de que el precio es muy caro”.

“Estamos muy acostumbrados a hablar de los escritores como seres inefables, poseídos por su fuego creativo. A veces nos cuesta trabajo reconocer que tienen que responder a un montón de retos como todos los seres humanos de a pie”, dice.

“Yo creo que hay varias maneras de leer a Juan Rulfo. Como decía, cada quien tiene su Rulfo privado. Yo me he ido quedando con este Rulfo urbano que disfrutó y padeció la Ciudad de México, que le gustaba tanto caminar”, dice Cristina Rivera Garza. Ahora que se ha puesto muy de moda hablar de la relación entre el caminar y el crear, ahí tenemos a un Juan Rulfo muy pegado a la superficie de la tierra y a sus dicotomías.

 

 

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