Raymundo King, el último borgista en pie

PUNTUAL | Anwar Moguel/Javier Chávez

Creado a imagen y semejanza del ex gobernador Roberto Borge Angulo, su mentor y protector caído en desgracia y despreciado en todos los frentes, el dirigente priista, Raymundo King de la Rosa, en la era de la alternancia, carga con el estigma de su pasado reciente mientras intenta conducir a tumbos la desinflada nave Tricolor, que navega en el océano de la incertidumbre desde la hecatombe electoral que los expulsó de la gubernatura, por primera vez en la historia de Quintana Roo.

Chetumaleño de nacimiento y con una larga pero intrascendente militancia en el PRI, Raymundo King saltó a los primeros planos de la política local por impulso de Roberto Borge, quien desde el primer día que asumió el poder lo mantuvo entre su exclusivo grupo de consentidos.

Con ese uso autoritario del poder que lo hizo cometer excesos frecuentes, Borge construyó una carrera política exprés para su protegido chetumaleño, convirtiéndolo en dirigente del partido en dos ocasiones y en diputado por partida doble, a nivel federal y local.

King de la Rosa se convirtió en uno de los alfiles más aguerridos del gobernador priista, haciendo suyas las innumerables guerras de Borge y defendiéndolo a ultranza, desgastando su propia imagen política cuando fue necesario.

Ese servilismo irrestricto provocó un irreparable daño a su imagen pública, pero al mismo tiempo le abrió la puerta a posiciones de regalo, e incluso le hizo ganar un seguro político, tras la caída del PRI en junio del año pasado, pues Roberto Borge se aseguró de colocarlo en la primera posición de la lista de diputados plurinominales del PRI, con la intención de que comandara el Congreso del Estado.

El futuro de Raymundo parecía planchado, ya que el PRI y sus aliados lograron ganar por centímetros la mayoría de las diputaciones locales, lo que lo colocaba en la punta de los aspirantes a la presidencia de la Gran Comisión… Y después vino el desastre.

Una operación quirúrgica le arrebató al PRI y a Raymundo el control del Congreso, y después todo vino en picada.

El nuevo gobierno, comandado por Carlos Joaquín González y escoltado por el PAN y PRD, inició de inmediato con una cacería de “borgistas” en toda la estructura estatal. Comparecencias, que no fueron otra cosa que exhibiciones públicas del saqueo, y mediáticas denuncias penales contra la cofradía del ex gobernador, cimbraron el ambiente político en la entidad y acentuaron la crisis en el PRI.

Porque los militantes del Tricolor, lastimados por la derrota, pero más aún por el estilo cruel y autoritario con el que el grupo borgista manejó al partido, empezaron a levantar la voz exigiendo vientos de cambio y una obligada renovación, con el indispensable requisito de la renuncia del actual dirigente, la última huella del borgismo.

Las voces discordantes en el Tricolor empezaron a subir de tono, enfocando sus dardos de ira contra Raymundo King, quien sin embargo optó por aferrarse con el alma a la dirigencia estatal, sabedor de que es su último reducto de poder real, ya que su partido en el Congreso local fue reducido a un papel de mascota del PAN-PRD.

En los últimos cinco meses –desde que Borge Angulo abandonó el Palacio de Gobierno–, Raymundo King ha enfrentado una tempestad política de categoría cinco, logrando sobrevivir hasta el momento, aunque a un alto costo.

Raymundo se negó a renunciar a la posición que Roberto Borge le heredó, a pesar de los pésimos resultados obtenidos en las pasadas elecciones y del evidente rechazo de la militancia. Operó a nivel cupular para asegurar su permanencia al frente del PRI en el estado, logrando que, contra toda lógica, el dirigente nacional, Enrique Ochoa Reza, le diera su respaldo en contra de la voluntad de la mayoría de los priistas quintanarroenses.

La terquedad del dirigente Tricolor, que ha mostrado un celo casi irracional para conservar el trono entre las ruinas del partido, provocó otra dolorosa fractura cuando Eduardo Ovando Martínez, político chetumaleño de peso completo, que nunca se identificó del todo con Roberto Borge y su grupo, decidió despedirse, junto con 300 líderes de su estructura y cientos de integrantes de su red.

Pero la ofensiva de los priistas contra Raymundo está lejos de haber concluido, pues apenas el mes pasado, en el corazón de la zona maya quintanarroense, una horda de priistas comandada por el diputado federal, José Luis “Chanito” Toledo Medina, desenterró las hachas de combate pidiendo su renuncia inmediata para permitir una renovación total en la estructura de mando Tricolor.

Paradójicamente, Chanito Toledo también formó parte del grupo consentido de Roberto Borge, pero el legislador federal marcó sana distancia del ex gobernador, justo a tiempo para evitar que su imagen fuera arrastrada al descrédito junto con él.

Toledo Medina fue ungido para encabezar la más reciente rebelión contra el debilitado dirigente partidista porque es uno de los pocos priistas que conserva un importante capital político con simpatías tanto dentro como fuera del partido, además de que es la figura Tricolor de mayor relevancia en la actualidad, lo que lo hace una voz autorizada y con mucho peso.

Toledo Medina no ha ocultado su inconformidad sobre el catatónico estado del PRI, e incluso meses atrás estuvo en busca de la dirigencia estatal. Ante la cerrazón del partido, decidió ahora acaudillar un bando de esta guerra intestina sin la pretensión de quedarse al mando del partido en el estado, pero con el claro objetivo de terminar con el mediocre reinado de King de la Rosa.

No es el único frente abierto de Raymundo, ya que también el ex gobernador Joaquín Hendricks Díaz está desarrollando una estrategia de bajo impacto para tumbar del caballo a King de la Rosa y hacerse del control del partido.

Raymundo King está cada vez más solo, cada vez más débil, y cada vez con menos poder. El PRI luce desahuciado a escasos meses para que inicie el proceso electoral de 2018 y su condición puede empeorar si las divisiones se acentúan. Pero en plena tempestad, Raymundo King se aferra al trono.

 

 

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